El sol se acaba, estas últimas líneas deberán ser, por tanto, las últimas. No me veo capaz de sobrevivir a más noches. Debo decir que no lo lamento. Lo que he podido vislumbrar apenas de este mundo en el que me ha tocado -en el que he sido arrojado para- vivir, demasiados años, no ha sido, en general, de mi agrado. Los momentos que quiero recordar, los que importaron, llevo años recordándolos. No haciendo otra cosa que recordarlos. Aún así, o precisamente porque es todo lo que queda, me dispongo a visitarlos de nuevo. Y es que, como dicen que pasa cuando el final es inminente, sólo se rebobina lo que ha importado: es ése el último truco del cerebro antes de apagarse, su última y desesperada llamada a la vida. Pero nada responde nunca al otro lado del hilo. No hay nadie, o, al menos, nadie a quien le importe.
El sol se acaba, sí, apenas puedo ver lo que escribo, tampoco podré repasarlo, pulirlo, como solía hacer, obsesivamente, con todos mis textos. Textos que, en cualquier caso, nunca tuvieron futuro. Tuvieron, eso sí, un presente, y tal vez sea eso lo único importante, lo de algún modo rescatable: sus respectivos presentes; magníficos, desolados, iracundos o aburridos presentes. Su inexcusable existencia mientras las palabras salían de mí a borbotones. Pero siempre era acabar y secarse la tinta, secarse para siempre, cada vez. Para siempre. Hasta que un día naciste tú, y ya nunca más ningún papel lleno de palabras tuvo importancia.
Aquí, al final del mundo, donde he venido a terminar mis días, mis miles de días intrascendentes, siendo ya sólo recuerdos lejanos, tinta seca, los días que a mí y tal vez a ti y a tu madre alguna vez importaron, el sol se acaba, y con él mi memoria; mi memoria y tu recuerdo.
Y se acaba el sol con una explosión de colores en el horizonte, y así te pienso, hija mía: despacio, nítidamente, con miles de matices concentrados en una última visión de ti, mientras sonrío con una sonrisa que fue la tuya, la que me iluminó durante los diez años que viviste, la que me hizo soportable, importante, necesario. Pero tú te fuiste, y yo, que sólo he vivido todos estos años para que tú pudieras seguir sonriendo en mi memoria, debo acabar porque apenas puedo ver ya, y estoy cansado.
Es hora de irse a dormir, princesa. Apago la luz. Buenas noches.
El sol se acaba, sí, apenas puedo ver lo que escribo, tampoco podré repasarlo, pulirlo, como solía hacer, obsesivamente, con todos mis textos. Textos que, en cualquier caso, nunca tuvieron futuro. Tuvieron, eso sí, un presente, y tal vez sea eso lo único importante, lo de algún modo rescatable: sus respectivos presentes; magníficos, desolados, iracundos o aburridos presentes. Su inexcusable existencia mientras las palabras salían de mí a borbotones. Pero siempre era acabar y secarse la tinta, secarse para siempre, cada vez. Para siempre. Hasta que un día naciste tú, y ya nunca más ningún papel lleno de palabras tuvo importancia.
Aquí, al final del mundo, donde he venido a terminar mis días, mis miles de días intrascendentes, siendo ya sólo recuerdos lejanos, tinta seca, los días que a mí y tal vez a ti y a tu madre alguna vez importaron, el sol se acaba, y con él mi memoria; mi memoria y tu recuerdo.
Y se acaba el sol con una explosión de colores en el horizonte, y así te pienso, hija mía: despacio, nítidamente, con miles de matices concentrados en una última visión de ti, mientras sonrío con una sonrisa que fue la tuya, la que me iluminó durante los diez años que viviste, la que me hizo soportable, importante, necesario. Pero tú te fuiste, y yo, que sólo he vivido todos estos años para que tú pudieras seguir sonriendo en mi memoria, debo acabar porque apenas puedo ver ya, y estoy cansado.
Es hora de irse a dormir, princesa. Apago la luz. Buenas noches.