El primero en llegar fue un varón, de unos 50 años, al que un oficinista divisó flotando alrededor de un yate amarrado en el dique 4 de Puerto Madero, a la hora del almuerzo. Matías Cancieri había terminado ya de comer su sándwich sentado en un banco bajo la Torre Telecom, donde trabajaba, y se disponía a encender un cigarrillo cuando lo vio, al otro lado del dique: un bulto con forma de hombre que parecía tomar el sol sobre el agua cerca de los veleros del Yacht Club. Giraba lentamente, boca arriba, acercándose a uno de los barcos, con la tripa algo hinchada sobresaliendo de las aguas color marrón, los brazos extendidos. Matías estuvo unos veinte segundos mirándolo, quieto, con el cigarrillo sin encender en la boca y los ojos como rendijas, hasta que decidió que aquel bulto era un muerto.
Inmediatamente dio aviso: fue corriendo a la recepción de su edificio y pidió que llamaran a la policía. Llegaron rápido, Matías los vio desde el otro lado del dique correr tras los barcos, a lo largo del pantalán, hasta que llegaron a un barco en el extremo norte en cuya popa había quedado varado el cuerpo. Lo acercaron con una especie de pértigas y lo sacaron entre tres, con algo de esfuerzo, hasta dejarlo tendido sobre la superficie del pantalán, chorreando agua. Uno de ellos se agachó y le tomó el pulso como una formalidad. Pero entonces ocurrió algo inesperado: los policías empezaron a gritar y a hacer gestos de apremio hacia el Yacht Club, pidiendo ayuda, mientras el que se había agachado le hacía al supuesto ahogado un masaje cardíaco y el boca a boca. Matías, sorprendido, entendió que aquel hombre estaba vivo, y sintió algo parecido a un escalofrío al pensar que podía haberle salvado la vida por la pura casualidad de estar mirando al agua en lugar de a las minas que comían en las terrazas de los restaurantes, como solía. Sin embargo, el hombre no parecía reaccionar a las maniobras de reanimación, observó Matías con cierta aprensión. Al poco llegó una ambulancia, que estacionó a la entrada del pantalán, de la que salió una camilla que bajó hasta los amarres. Subieron al hombre y se lo llevaron a toda velocidad. Matías miró a su alrededor, al grupo de oficinistas que habían asistido al pequeño drama desde el césped perfectamente recortado que rodeaba el flamante edificio de cristal donde trabajaban. Poco a poco todos volvieron a sus oficinas. A Matías, un poco decepcionado por no haber visto al hombre escupir agua y levantarse, como en las películas, lo invadió una sensación de anticlímax. Dudó sobre si debía cruzar a interesarse. Pero ya pasaban más de cuarenta minutos de su hora de entrada tras el almuerzo y su jefe era bastante estricto con los horarios, así que decidió subir. Se dijo vagamente, mientras pulsaba el botón del ascensor, que después del trabajo preguntaría a la policía del puerto qué había sido de aquel hombre.
Clarín sacó la noticia al día siguiente en la sección de policiales: La policía saca un hombre medio ahogado entre los yates de Puerto Madero, decía el titular. En el texto se contaba cómo el hombre, de unos cincuenta o sesenta años e identidad desconocida, permanecía en coma en la unidad de vigilancia intensiva del Hospital Cosme Argerich. Tenía signos de haber sufrido una paliza antes de ser arrojado al río, dado por muerto. La investigación se centraba por el momento en la labor de identificación y en determinar desde dónde podía haber sido lanzado al agua, concluía el artículo.
El segundo y el tercero llegaron al día siguiente. Una mujer, sacada del agua por la tripulación de un barco chatarrero debajo del puente de Avellaneda, y otro varón, que había quedado varado en el riachuelo por la parte de Caminito. Tenían los mismos signos de paliza, el mismo aspecto hinchado, y ambos estaban inexplicablemente vivos pero inconscientes. Los trasladaron también al Argerich, para que los casos quedaran bajo la misma supervisión. Matías se enteró esa tarde, a la salida del trabajo, cuando se pasó por el hospital a ver cómo evolucionaba el hombre de Puerto Madero. Tras informarse en la recepción de emergencias, donde le dijeron poco o nada, se fijó en una enfermera joven y bonita que salía del hospital con cara de impresión. La vio encenderse un cigarrillo con las manos temblorosas, salió, se fue hacia ella y le pidió fuego. Ella lo miró un momento y después le ofreció su encendedor. Cuando él, por sacar algo de conversación, le dijo de una qué hacía allí (Vine a ver al hombre que sacaron ayer del agua, yo fui el que dio el aviso y quería, no sé, ver si seguía bien. Pero ahí no me dicen nada porque no soy familiar… ¿Vos sabés...?), ella se quedó quieta, con el humo saliendo de su boca casi a cámara lenta. Su respuesta (Sigue vivo. En coma.) fue telegráfica, pero a Matías le sirvió igual para seguir fumando con ella, que en ese momento era todo lo que quería. Así, sin hablar. Mirando las nubes, él, y el suelo, ella. Al terminar su cigarrillo, tirarlo al piso y aplastarlo con parsimonia hasta despanzurrarlo por completo, ella se quedó mirando la puerta sin decidirse a entrar. Ahí vio Matías su oportunidad (Yo iba a tomar un café acá a la vuelta, si querés te invito y me contás). Ella siguió mirando un rato los despojos del pucho, hasta que levantó la vista y miró de lleno a Matías, con tanta decisión (Vamos) que a él le produjo cierto desasosiego, hasta que pudo reubicarse y echarse a andar, deprisa, para no perderle el paso.
En el café Matías averiguó varias cosas. Que el hombre tenía varios huesos rotos de antiguo y mal soldados, como si nadie se hubiera molestado en componerle las fracturas. Que estaba en coma. Que por lo demás sólo tenía la barriga hinchada y olor a río. Que en la mañana habían venido otros dos en el mismo estado. Que los tres eran ya grandes, cincuenta o más, calculaban. Y que ella se llamaba Laura.
Matías no dijo nada cuando Laura levantó la vista del café sin tocar y le dejó caer, con la mano derecha temblando apenas, el motivo de la bronca que tenía encima (El doctor nos dijo sobre los huesos rotos y mal soldados que es como si al viejo lo hubiesen arrojado al mar desde mucha altura hace treinta años, y se hubiese quedado así. Treinta años, viste. Y luego, todas esas cicatrices…). Se quedó mirándolo a él, o tal vez al aire que había entre ellos, sin decir nada más, y se hizo un silencio denso, cargado con las imágenes que ambos dibujaban en su cabeza. Imágenes que tenían protagonistas distintos, pero que acababan igual: un cuerpo inerme que cae y cae, un helicóptero que se aleja, un ruido seco de impacto en el agua, un océano sin bordes.
Tras un par de minutos Laura se bebió su café, frío, de golpe, como Matías descubriría después que hacía siempre, y le sonrió apenas al levantarse. Se despidió (Chau, nos vemos) de prisa, Matías se levantó dos segundos tarde, quedándose a medio camino entre alargar la mano o acercar la cara a Laura, que ya se iba, y sólo acertó a despedirse de palabra (Chau) y casi de costado, viendo como ella salía del café y enfilaba la calle de vuelta al Argerich.
Cuando volvió tres días después -no demasiado pronto, no demasiado tarde, pensó-, a la misma hora, dudó si entrar y preguntar por ella o esperarla que saliera a fumar. Decidió que por ahí lo que Laura iba a pensar al verlo esperar fuera, haciéndose el que pasa por allí, a que ella saliese, iba a poder resumirse en la palabra patético. Así que decidió manejarse con una decisión que no sentía. Entró y preguntó por ella en recepción (puede avisar a Laura, por favor) sin calcular la peor de las posibles respuestas por parte de la encargada de recepción (¿Laura qué?), lo que le llevó a un estado de pánico balbuceante (Laura… enfermera… delgada, así morochita… soy un amigo, Matías… ¿no está en el turno, este, de ahora?... capaz que me equivoqué de día…). Tras unos veinte segundos de claro ejercicio de sadismo, la recepcionista, con algo parecido a una cara de satisfacción furiosa (Espere por ahí, ya la aviso) consintió cortar su agonía. Y al poco salió ella.
No parecía sorprendida de verlo. Le hizo un ademan indicando la puerta y Matías, obediente, salió tras ella. Fueron de nuevo al café sin cruzar palabra, lo que a él le pareció mejor que bien. Se sentaron y pidieron lo mismo. Laura tenía un aire distinto, más absorto, de menos bronca que tres días antes, cuando empezó a hablar como si no hubiesen pasado más de treinta segundos desde su última conversación (Llegaron seis más. Seis. Todos igual. Las mismas fracturas, o casi. Y las cicatrices. Hoy ha venido el ministro pero sin las cámaras detrás, mala señal. Ha estado hablando un rato con los doctores. Después se ha ido, con cara de no gustarle lo que iba a tener que informar en Olivos. El viejo tuyo, el primero, sigue igual, por cierto. Viniste a saber de él, ¿no?). Matías no detectó ironía alguna en la pregunta, así que le contestó con franqueza (No) pero no dijo más. Al menos con la boca. Con los ojos, sí.
A partir del séptimo u octavo día, empezaron a llegar ya no sueltos, sino en grupos cada vez mayores. Subían por el río, arracimados, y varaban a lo largo de toda la costanera, el puerto, la reserva ecológica, la Boca; el contingente de barcos y gomones que se montó para interceptarlos en el agua sirvió de poco o nada. Parecían salir de ninguna parte para de pronto largarse a nadar a contracorriente sin mover un músculo. Los marineros, equipados con redes y pértigas, no daban abasto para contenerlos: parecía que de algún modo los cuerpos eran capaces de burlar la vigilancia sumergiéndose y emergiendo más allá a voluntad, blancos, hinchados y quietos en su navegar obsesivo de vuelta a casa. Pronto, en la segunda semana, el gobierno tuvo que salir a explicar, porque aunque los periódicos no se atrevían más que a enumerar los casos nuevos, sugiriendo de lado pero sin llegar a decir lo obvio, el país era ya un clamor. Lo que explicó la presidenta fue que no había explicación. Que se estaba haciendo lo posible por recuperar a todos los cuerpos y auxiliarlos médicamente. Que ante la magnitud del problema había dado orden al ejército de instalar un inmenso hospital de campaña en los terrenos del puerto para ir acogiendo a los que vinieran, porque los hospitales de la ciudad ya no daban abasto. Y que estaba estudiándose el origen del problema. No dijo más. Fue todo uno terminar sin turno de preguntas la comparecencia oficial y abrirse la veda. Todos los noticieros abrieron, con pocas variaciones, con el mismo titular: “El gobierno deja encargado al ejército”. Esa misma noche, la cacerolada fue de tal magnitud que ni siquiera la presidenta pudo dormir bien.
Tres meses después muchos de los pacientes habían sido identificados, pero seguían todos en obstinado coma. Hacía varias semanas que no aparecía ninguno nuevo. Los directores de los periódicos y de los canales de televisión empezaron a detectar en el público cierto hastío; se encontraban en cenas privadas, en actos oficiales, y hablaban del problema en voz baja. La audiencia de las noticias estaba cayendo. Los programas de evasión subían. Los periódicos se quedaban sin vender. ¿Qué hacer? Cualquier otra noticia sobre corrupción política, economía o policiales palidecía ante aquella reaparición sobrenatural si se la ponía en titulares. Pero algo había que inventar, los anunciantes ya se estaban avivando y las ventas caían. Y para terminar de arreglarla, por ahí no había ningún buen terremoto, guerra o ciclón nuevos en ninguna parte del mundo. La bolsa subía. Hasta en Oriente Próximo parecía todo tranquilo. Desesperados, tantearon diversas soluciones sin resultado alguno. Fue entonces que Leo Messi acudió en su auxilio: en un partido de preparación para la copa del mundo, en el Monumental, con la grada llena y expectante, gambeteó a seis contrarios y convirtió suave, de vaselina, por encima de la salida desesperada del arquero. Los directores de todos los medios, tras cantar el gol como endemoniados, gambeteando ellos también por entre las mesas de sus redacciones, se dejaron caer al unísono en los sillones de sus despachos y suspiraron de alivio. Después de eso, y a menos de dos meses para que empezara el mundial, estaban salvados. Al día siguiente se firmaron múltiples acuerdos y todos los sponsors soltaron la guita, sonrientes; el público vació los quioscos de prensa y aguantó diez minutos de comerciales en medio de los noticieros para ver de nuevo la repetición de aquella obra de arte tan esperada.
Como suele pasarle a cualquier noticia medianamente impactante en su ciclo de vida natural, el caso de la vuelta de los desaparecidos (los reaparecidos, como los llamaban ahora) quedó para análisis y comentario en las tertulias de los programas de variedades durante unas semanas más. Y fue en uno de éstos en el que se le dio la puntilla. Un joven ejecutivo de una cadena nacional decidió ir a lo espectacular y aprovechar sinergias: propuso a sus jefes producir todo un programa genérico del caso, consistente en un documental exhaustivo de los hechos, puro periodismo de investigación, seguido de una tertulia de expertos. Para optimizar la inversión, explicó, el programa debía ser emitido tras el último partido preparatorio del combinado nacional. Con una campaña adecuada, todo el país estaría mirando. Los jefes, que todavía recordaban lo cerca que habían estado del abismo con ese asunto, hicieron un discreto estudio de mercado, que vendieron a sus anunciantes habituales antes de dar el visto bueno. El comercial se empezó a emitir una semana antes: en él, entre espectaculares imágenes nuevas y antiguas, aparecían los expertos -un militar retirado, un buzo profesional que decía haber intervenido en el rescate, un afamado cirujano, dos psicólogos, un filósofo y un ocultista- y la conductora del programa, bajo seis o siete capas de maquillaje, que se había teñido de rubia platino para la ocasión. Todos ellos adelantaban a medias alguna de sus tesis. La cadena bombardeó al público con el comercial en todas las franjas horarias de la semana siguiente. Fue un éxito. Tras el partido, que fue bastante malo y se ganó por la mínima con un gol tempranero, todo el país se quedó sentado esperando que comenzara el programa. Tras la última repetición del gol y la despedida de los comentaristas, la pantalla se quedó unos segundos en negro. Poco a poco se fue iluminando el estudio, y la cámara avanzó hacia la conductora. Ésta sonrió. Habló brevemente (Y tras esta nueva victoria de nuestra selección, Volver. El programa donde se dirá finalmente toda la verdad sobre el caso de los reaparecidos. No cambien de canal). Tras quince minutos de comerciales, comenzó el show.
Primero se emitió el documental. Pronto se hizo claro que ni el director y ni el guionista habían oído hablar jamás del periodismo de investigación; lo más probable, visto lo visto, es que vinieran de trabajar en alguna telenovela: música amenazante acompañando supuestos golpes de efecto, madres que salían del hospital llorando, fotos antiguas de militares en poses siniestras, sugerencias de algo que estaba por desvelarse, pero después de los comerciales… Al final (Y los argentinos, ¿qué opinan?), una reconstrucción mediante entrevistas callejeras de lo que había pasado por la cabeza de los ciudadanos en los últimos meses: de la sorpresa a la indignación, del miedo a la expectación, teorías conspirativas, teorías mágicas, teorías futuristas. Tras el documental, la conductora presentó a los expertos que iban a aportar su punto de vista. Se establecieron turnos y normas de réplica: como cabía esperar, el orden duró lo que dura un billete de veinte pesos asomándose por un bolsillo en el subte de la línea A. El militar retirado, seco, con cara de desafío, dejó claro que él no tuvo nada que ver con aquello, y que todos los estamentos del ejército habían prestado una ayuda modélica en todo este “lamentable asunto”. El buzo discutía con el cirujano sobre la navegabilidad de los cuerpos y su resistencia bajo el agua. El ocultista sostenía la teoría de que las fuerzas invisibles habían preservado los cuerpos treinta años en el fondo del mar, en un barco hundido, y que habían decidido devolverlos ante la insistencia de las madres de la Plaza de Mayo, como al parecer le había revelado su espíritu guía. El primer psicólogo entró citando a Freud para destacar el costado onírico del caso, a lo que el segundo respondió que lo importante era el estado de ansiedad que se había creado en la nación al revolverse en el pasado, destacando la necesidad de clausura. El primero discrepó visiblemente, agitando los anteojos y negando con sonrisa irónica los argumentos de su colega. En sucesivas contrarréplicas, los terapeutas se enzarzaron en una discusión técnica sobre el peligro de la somatización. El ex milico fue invitado astutamente por la conductora a intervenir para aligerar el ambiente, y éste opinó concisamente que toda la teoría de la terapia psicológica era nomás una macana inventada por ese supuesto doctor austríaco para cogerse a su madre. Ambos psicólogos pegaron un respingo y se disponían a protestar cuando la conductora, vieja zorra, dio paso a más comerciales.
Tras la pausa se discutió, mínimamente, sobre la postura del gobierno, ya que había total unanimidad en el hecho de que nadie creía absolutamente en nada de lo que saliera por la boca de político alguno. La conductora entonces hizo la pregunta que todos estaban esperando (Y entonces, ¿cuál es la verdad?), a la que cada uno de los expertos, obvio, respondió de manera distinta. El último en hablar fue el filósofo, que se había mantenido en un discreto segundo plano durante toda la hora y media de batalla verbal. Para él, dijo, lo importante no era ni de dónde ni cómo habían vuelto, sino por qué. O más concretamente, por qué ahora. La conductora se vio obligada a preguntar (¿Y, por qué?), y el filósofo respondió que, según su opinión, habían vuelto de su olvido para recordarnos algo. Algo que, sin embargo, no parecía tener la más mínima importancia ni para nadie de esa tertulia, ni para nadie del gobierno, lo cual por otro lado era lógico, ni de los medios, ni en general de la sociedad. Habló despacio, como solía hacer en sus clases antes de que lo jubilasen, para hacer comprender algún concepto a al menos un alumno, lo cual exasperaba visiblemente a la conductora, que quería rapidez y quilombo, para eso le pagaban. Irrumpió en medio de la disertación con una pregunta que lanzó agresivamente (Y si quieren recordarnos algo entonces por qué no despiertan y hablan, ¿eh? ¿Por qué no dicen nada?), a la que el filósofo, después de mirarla durante un par de segundos con los ojos cansados, replicó con voz pausada, grave, citando a Saint-Exupèry (Los vencidos deben callar. Como las semillas).
Y entonces, durante cinco segundos o seis, quizá, el tiempo en el que casi se pudo hacer sólido el silencio en el estudio, en los livings, en los cafés, en cada rincón de una Argentina que nunca estuvo más cerca de algún tipo de verdad, casi rozándola con los dedos, por un instante, en todas las cabezas algo, un rayo de luz, el principio de una idea, empezó a abrirse paso; hasta que el productor vio en la cámara que enfocaba a la conductora su cara torcida en una mueca de escepticismo, o más bien de indignación escéptica, mezclada quizá con desprecio, una cara en la que los pliegues de la frente parecían luchar por romper tres liftings y asomarse tras el muro de maquillaje, la mano delante, haciendo un montoncito, y fue pinchar el productor esa cámara, darse cuenta la conductora, y espetar su réplica (¿Qué semillas, qué semillas?) con la voz chillona, arrastrando hasta lo imposible las íes, bien rrioba, haciendo que el público del estudio explotase en carcajadas, y con él todo el país, y aquel rayo de luz se fue para siempre.
El segundo psicólogo había tenido razón en cuanto a la necesidad de clausura: tras esa noche, cuando alguien en un café o una fiesta empezaba a hablar del tema con algo parecido a la seriedad, no faltaba nunca un gracioso que antes de que pasara un minuto soltaba la ya famosa réplica (¿Qué semiiiiiillas, qué semiiiiillas?), a la que todos reían porque todos la esperaban. La frase empezó a utilizarse como muletilla para cortar cualquier conversación que exigiera algún esfuerzo mental, y durante un tiempo hizo furor entre los jóvenes. El caso de los reaparecidos se deslizó así a sus últimas e inevitables fases: chiste, desprecio, olvido. Igual, los dos psicólogos prácticamente duplicaron sus ingresos ese año. En cuanto al viejo profesor de filosofía, que había aceptado ir al programa para sobrevivir a su jubilación con un mínimo de dignidad, comprendió al toque que la dignidad no se puede comprar pero sí vender, y actuó en consecuencia, aceptando todas las invitaciones a los programas más o menos humorísticos que durante un tiempo le reclamasen. Incluso llegó a protagonizar el comercial de una marca de semillas. Durante sus quince minutos de fama, que se alargaron hasta un mes o mes y medio, hizo más plata que en cuarenta años de enseñanza. Por su parte, la conductora renovó al alza y por otros dos años su contrato como imagen pública de una casa de cosméticos. Y el joven ejecutivo fue ascendido a gerente de contenidos de la cadena ese mismo año.
Los reaparecidos, siempre en silencio, empezaron pronto a morirse, de uno en uno, por causas naturales, tumores, fallos renales, esas cosas, nada demasiado espectacular, y el goteo de muertos duró veinte años. Ya desde el principio, si acaso llegaba a aparecer la noticia de una de esas muertes en los diarios, era en la sección de necrológicas, y eso cuando el que fallecía era uno de los que habían podido ser identificados. Hasta que una madrugada murió el último que quedaba. La casualidad quiso que ese último fuese precisamente el que primero había llegado. Estaba sin identificar. El hombre de Puerto Madero, le llamaban. Por ser el último, o por la coincidencia, él sí fue noticia para un diario, que reseñó el óbito en su edición digital.
Matías Cancieri vio la noticia esa mañana en internet y se sintió de algún modo incómodo. Recordó aquel día, hacía veinte años, en que había visto al hombre flotando, mientras terminaba su almuerzo, y recordó que al día siguiente había conocido a Laura en el hospital. Recordó también el día que, ya de novios, ella llegó a su casa, blanca como una pared, tras haber acompañado a su madre y a su abuela a identificar a su tío Alberto. El padre de Matías nunca reapareció.
Era un domingo de noviembre, primaveral, soleado. Después de desayunar con su familia, Matías indicó a Laura y a sus dos hijos adolescentes que se preparasen para ir a un funeral. Su hija fue la primera y la única en hablar (¿Quién es el muerto?), pero tras la respuesta cortante (No lo sé. Pero vayan a vestirse. Ahora.), los chicos pusieron cara de fastidio y se fueron a sus habitaciones. Laura se quedó mirándolo un momento, pero no dijo nada, hacía ya tiempo que no se molestaba en contestar. Se levantó y fue a cambiarse. Una hora después estaban todos vestidos con ropas de luto debajo del Edificio Telecom, al borde del dique 4; allí, Matías arrojó al agua, una por una, doce rosas blancas que había comprado en un puesto de flores cerca de su casa. Después de unos minutos de silencio, se fueron.
Un hombre y una mujer observaron la escena sentados en la popa de su yate, al otro lado del dique. La mujer sintió un escalofrío y le dijo al hombre que qué tétrico. El hombre asintió y pensó que después iría a quejarse al director del Yacht Club, aunque a los diez minutos estaba preparando otros dos dry martinis y ya lo había olvidado.